Críticas

La libertad con la que zZZARÁ maneja sus fundamentos de creatividad hace que sus obras se conviertan en cuadros y objetos de gran embergadura que invitan a reflexionar · Carlos Delgado, Historiador y crítico de arte

Obras que hablan (Versión reducida)

El arte es la única herramienta
política que no debe ser controlada
por los políticos.
-Rafael Lozano-Hemmer-

Obras que hablan, así y deprisa, pudiera resumirse la señal más visible del trabajo último del artista zZará. Sin embargo, la cuestión, más allá de esa evidencia, resulta mucho más compleja. Estas obras, con todo y su regodeo en la materia y la certificación literal del gesto, reportan en su propio epicentro la performatividad virulenta de lo social. Ellas se convierten, también, en ese espacio de discusión crítica tan deseado y buscado en varios frentes de la cultura y la política contemporáneas. Ese lenguaje al que algunos le han decretado infinitas defunciones y que otros muchos advierten como una zona tradicional del hacer incapaz de restituirse así mismo, cobra un sentido muy particular en el contexto de esta nueva propuesta de zZará. La pintura adquiere aquí el estatus de escritura, de radiografía incómoda del presente. Se revela en su condición de superficie capaz de soportar el desvío retórico de la insubordinación y de la desobediencia.

         Pocas veces un lenguaje ampliamente legitimado por el canon de las llamadas bellas artes, ha hecho alarde de un impulso de emancipación y de fuga respecto de sus usos sociales. En el caso de estas obras asistimos, con goce, a la epifanía de la protesta, a la estridencia de la contestación. Ellas orquestan un coro, a modo de ágora, en el que un amplio grupo de voces ejercen el criterio, manifiestan la opinión, defiende el punto de vista, gritan contra el poder, aunque solo sea para hallar el alivio que toda protesta dispensa en el acto mismo de la oposición y de la replicación.

         Cuando en las prácticas ideo-estéticas del orden mundial se entronizó el criterio acerca de la nueva valía de la pintura y de lo pictórico, de su restitución y pertinencia, no se sospechó quizás que ese mismo lenguaje que moría y resucitaba a un tiempo, tendría la voluntad de convertirse –a ratos- en barricada de la transgresión y en escenario para la interpelación. El debate en torno a su legitimidad en tanto que lenguaje se redujo bastante al ámbito y dominio de la ontología: se discutió hasta la saciedad sobre su estructura, densidad discursiva, materialidad, desviando la atención de sus posibilidades reactivas. De ser ella misma, al cabo, el bumerán de esas plataformas retóricas que la nombraban (ampliándola o la reduciéndola).

La pintura se reveló a la mirada de todos como una auténtica experta en los malabares del inclusivismo que la condición posmoderna tanto deseaba otorgar al arte, luego de que la razón instrumental de la modernidad consagrara los ideales estériles de purismo y de la asepsia como ejes dominantes. Hizo de su propia limitación un ejercicio de fuerza e impuso su capacidad retórica frente al modelo autista de otros lenguajes que reforzaron sus cualidades ilustrativas. La pintura comenzó a hablar, se esforzó en replicar, en contestar, en apuntar, en insultar si se hacía necesario el grito ante la barbarie. Ella sola (re)definió su lugar y su estar en este mundo.

Esa facultad convocadora e interpelante, le ha hecho voraz, le ha convertido en una superficie adicta que fecunda su firme estructura con los impulsos seminales de esa realidad que habita fuera de ella. zZará subraya la condición travesti de la pintura enfatizando su carácter dialógico y la alta densidad de sus atributos. De superficie planta y silenciosa, la pintura (al menos la que ejercita zZará) pasa a convertirse en radiofónica, en proyectiva, en hablante. Sus obras comienzan a lanzar gritos de malestar y suplanta así el espacio vacío de la propaganda y de la publicidad complaciente. Ese tipo de obra se acoge al afán proyectivo de lo contestatario y regala una bofetada al interlocutor narcisista que pretende ver su rostro en ella como la extensión relamida y agazapada de su falo.

El conjunto de esta nueva obra del artista suizo, residente en Madrid hace más de veinte años, propicia un entramado polifónico de particular gusto por la idea de la obra abierta. Un tipo de obra que no se agota en la gestión realizada por el artista, sino que organiza sus múltiples y posibles sentidos en el diálogo con el otro: una conversación que halla en los espacios horizontales su razón de ser. Todas ellas son el resultado de un malestar, por lo que se convierten relatoras eficaces del mismo. Asistimos al sitio de la herida abierta, de las venas rasgadas. Las grietas y hendiduras no responden a digresiones morfológicas ni al ensayo fútil de ardides visuales más o menos convincentes. En estas nuevas piezas la materia es la encargada de modular el pensamiento crítico. Las roturas, las grietas, las deformaciones que advertimos en ellas, son el testimonio de un gesto de protesta anterior en el que un grupo de sujetos estampó, sobre cada superficie, su grito y su rabia.

El miedo y la inestabilidad emocional que la situación política y económica ha gestionado a favor de una pérdida de confianza generalizada, quedan tatuados en estas obras de zZará a modo de una huella indeleble de lo que está siendo el tiempo presente. Vivos insertos en la retórica del miedo y de la protesta. Ambas señales de la existencia se legitiman en esta nueva producción del artista.

Rara vez la obra de zZará propone alternativas y mucho menos soluciones, pero ante la parálisis general de una sociedad en la que la política se ha convertido en el reino de la escatología y de abyección, esta, al menos, se trueca en el espacio de la denuncia y gestiona un frente desde el que poder manifestar la rabia contenida. Es ahí, precisamente, donde se localiza su mayor interés. Toda vez, insisto, en que deja de ser sólo el ámbito de la mera representación para alcanzar otros muchos niveles de auto-conciencia en los que queda refrendada la legitimidad de ese grupo de voces. Es a sí que todas terminan convertidas en el registro de un acto performátioa: una acción que certifica la violencia del gesto contundente y frontal por parte de las personas que han tenido a su cargo ese atentado contra la superficie.

zZará intenta superar el estatus hedonista del arte por medio del hallazgo de nuevos lugares de acción. Para él la obra ha de funcionar como un locus hermenéutico, de sobrada densidad política, como una herramienta para disentir en lugar de aceptar. El arte debe modular nuevas cartografías de lo social, parece advertir el artista. Debe ejercer su legítimo poder de injerencia en la trama de las relaciones de poder e intentar desautorizar la posición hegemónica de ciertos discursos y de ciertas voces.

Sin embargo, existe una clara diferencia entre representar lo político en el arte y actuar de un modo político desde el arte. Son cosas muy distintas que reclaman para sí análisis y herramientas de comprensión muy otras. Repaso a aquí la polémica definición de arte político que ofrece una de las artistas cubanas más controvertidas (y comprometidas) ahora mismo: Tania Bruguera.

Mientras la política es la acción de cambiar las cosas en sociedad, en el arte hay muchos artistas que trabajan con imágenes de los medios de difusión y de la política, pero a quienes no interesan las consecuencias de su obra. El arte político es el que trabaja sobre las consecuencias de su existencia, de sus interacciones, y no permanece en el nivel de asociación o memoria gráfica. Es intervenir en el proceso que se crea después que las personas piensan que la experiencia artística ha terminado. El arte político es el que más trasciende la esfera del arte al entrar en la naturaleza diaria de las personas: un arte que les hace pensar (…) El arte puede usarse también con fines políticos, pero eso no es arte político: es arte-propaganda. El arte político tiene dudas, no certezas; tiene intenciones, no programas; comparte con aquellos que lo encuentran, no se les impone; se define mientras se hace; es una experiencia, no una imagen; es algo que entra en la esfera de las emociones y que es más complejo que una unidad de pensamiento. El arte político es el que se hace cuando está pasado de moda y cuando es incómodo, jurídicamente incómodo, cívicamente incómodo, humanamente incómodo. Nos afecta. El arte político es conocimiento incómodo.

         Esta definición puede que contradiga la esencia misma del trabajo de zZará, al menos la de su intención primera. Es cierto que toda esta obra suya fluctúa en el orden de la asociación y en el de la memoria gráfica. Sin embargo, la acción performática recupera ese otro frente de la participación y de la implicación del sujeto social y político. Es por tanto una propuesta que gestiona el cuestionamiento y la interrogación desde la primera persona. El resultado es el testimonio de una acción política en la medida en que cada sujeto manifiesta su desavenencia con el sistema imperante y con el modelo reglamentario de coacción y de control. Ello le atribuye un valor como gesto cultural más allá del artefacto. Lo que conduce a pensar en su estimación como pintura política siendo, paradójicamente, la consagración del lenguaje abstracto. Un tipo de arte que, por mucho tiempo, se consideró estéril, arte degenerado, exento de capacidad discursiva.

         La apropiación, uso y expansión de la abstracción en tanto que lenguaje codificado ya por una tradición de saberes y de sentidos, es, entonces, otra manera de señalizar las dimensiones de la protesta una vez que juega en el centro mismo de la ambigüedad y de la contradicción de un lenguaje al que se le atribuye el silencio frente a la posibilidad del habla, de la evasión frente al compromiso. Es esa, precisamente, otra de las sutilezas de la operatoria de zZará. No perder de vista que estamos ante un sociólogo de formación con varios estudios en el campo de las Ciencias Sociales. Algo que, en otros casos no pero sí en el suyo, agudiza las perspectivas de la mirada y del diálogo con el arte en el lugar de la primera persona. Sus consideraciones sobre la pintura, la política y la cultura como estratificado sistema de saberes que debe producir siempre nuevos horizontes axiológicos, resulta del todo convincente. Habrá que esperar el paso del tiempo y ese raro sosiego que regalan los años para volver sobre este tipo de obra y ensayar una re-lectura que pruebe o contradiga todo lo que aquí he manifestado. Seguramente me contradiga, seguramente me niegue una y mil veces. Puede incluso que no atienda a los argumentos esgrimidos e intente buscar otros que satisfagan mi nueva necesidad de articular una escritura alrededor de este episodio. Pero lo que no negaré, creo, en el valor y el sentido que cobra este relato de obras que hablan, que protestan, que gritan…

Andrés Isaac Santana.

Crítico, ensayista y curador

ArtNexus, Arte al Límite, El Nuevo Herald.

Obras que hablan (Versión completa)

El arte es la única herramienta
política que no debe ser controlada
por los políticos.
-Rafael Lozano-Hemmer-

 

Obras que hablan, así y deprisa, pudiera resumirse la señal más visible del trabajo último del artista zZará. Sin embargo, la cuestión, más allá de esa evidencia, resulta mucho más compleja. Estas obras, con todo y su regodeo en la materia y la certificación literal del gesto, reportan en su propio epicentro la performatividad virulenta de lo social. Ellas se convierten, también, en ese espacio de discusión crítica tan deseado y buscado en varios frentes de la cultura y la política contemporáneas. Ese lenguaje al que algunos le han decretado infinitas defunciones y que otros muchos advierten como una zona tradicional del hacer incapaz de restituirse así mismo, cobra un sentido muy particular en el contexto de esta nueva propuesta de zZará. La pintura adquiere aquí el estatus de escritura, de radiografía incómoda del presente. Se revela en su condición de superficie capaz de soportar el desvío retórico de la insubordinación y de la desobediencia.

Pocas veces un lenguaje ampliamente legitimado por el canon de las llamadas bellas artes, ha hecho alarde de un impulso de emancipación y de fuga respecto de sus usos sociales. En el caso de estas obras asistimos, con goce, a la epifanía de la protesta, a la estridencia de la contestación. Ellas orquestan un coro, a modo de ágora, en el que un amplio grupo de voces ejercen el criterio, manifiestan la opinión, defiende el punto de vista, gritan contra el poder, aunque solo sea para hallar el alivio que toda protesta dispensa en el acto mismo de la oposición y de la replicación.

Cuando en las prácticas ideo-estéticas del orden mundial se entronizó el criterio acerca de la nueva valía de la pintura y de lo pictórico, de su restitución y pertinencia, no se sospechó quizás que ese mismo lenguaje que moría y resucitaba a un tiempo, tendría la voluntad de convertirse –a ratos- en barricada de la transgresión y en escenario para la interpelación. El debate en torno a su legitimidad en tanto que lenguaje se redujo bastante al ámbito y dominio de la ontología: se discutió hasta la saciedad sobre su estructura, densidad discursiva, materialidad, desviando la atención de sus posibilidades reactivas. De ser ella misma, al cabo, el bumerán de esas plataformas retóricas que la nombraban (ampliándola o la reduciéndola).

La pintura se reveló a la mirada de todos como una auténtica experta en los malabares del inclusivismo que la condición posmoderna tanto deseaba otorgar al arte, luego de que la razón instrumental de la modernidad consagrara los ideales estériles de purismo y de la asepsia como ejes dominantes. Hizo de su propia limitación un ejercicio de fuerza e impuso su capacidad retórica frente al modelo autista de otros lenguajes que reforzaron sus cualidades ilustrativas. La pintura comenzó a hablar, se esforzó en replicar, en contestar, en apuntar, en insultar si se hacía necesario el grito ante la barbarie. Ella sola (re)definió su lugar y su estar en este mundo.

Esa facultad convocadora e interpelante, le ha hecho voraz, le ha convertido en una superficie adicta que fecunda su firme estructura con los impulsos seminales de esa realidad que habita fuera de ella. zZará subraya la condición travesti de la pintura enfatizando su carácter dialógico y la alta densidad de sus atributos. De superficie planta y silenciosa, la pintura (al menos la que ejercita zZará) pasa a convertirse en radiofónica, en proyectiva, en hablante. Sus obras comienzan a lanzar gritos de malestar y suplanta así el espacio vacío de la propaganda y de la publicidad complaciente. Ese tipo de obra se acoge al afán proyectivo de lo contestatario y regala una bofetada al interlocutor narcisista que pretende ver su rostro en ella como la extensión relamida y agazapada de su falo.

El conjunto de esta nueva obra del artista suizo, residente en Madrid hace más de veinte años, propicia un entramado polifónico de particular gusto por la idea de la obra abierta. Un tipo de obra que no se agota en la gestión realizada por el artista, sino que organiza sus múltiples y posibles sentidos en el diálogo con el otro: una conversación que halla en los espacios horizontales su razón de ser. Todas ellas son el resultado de un malestar, por lo que se convierten relatoras eficaces del mismo. Asistimos al sitio de la herida abierta, de las venas rasgadas. Las grietas y hendiduras no responden a digresiones morfológicas ni al ensayo fútil de ardides visuales más o menos convincentes. En estas nuevas piezas la materia es la encargada de modular el pensamiento crítico. Las roturas, las grietas, las deformaciones que advertimos en ellas, son el testimonio de un gesto de protesta anterior en el que un grupo de sujetos estampó, sobre cada superficie, su grito y su rabia.

El miedo y la inestabilidad emocional que la situación política y económica ha gestionado a favor de una pérdida de confianza generalizada, quedan tatuados en estas obras de zZará a modo de una huella indeleble de lo que está siendo el tiempo presente. Vivos insertos en la retórica del miedo y de la protesta. Ambas señales de la existencia se legitiman en esta nueva producción del artista.

Rara vez la obra de zZará propone alternativas y mucho menos soluciones, pero ante la parálisis general de una sociedad en la que la política se ha convertido en el reino de la escatología y de abyección, esta, al menos, se trueca en el espacio de la denuncia y gestiona un frente desde el que poder manifestar la rabia contenida. Es ahí, precisamente, donde se localiza su mayor interés. Toda vez, insisto, en que deja de ser sólo el ámbito de la mera representación para alcanzar otros muchos niveles de auto-conciencia en los que queda refrendada la legitimidad de ese grupo de voces. Es a sí que todas terminan convertidas en el registro de un acto performátioa: una acción que certifica la violencia del gesto contundente y frontal por parte de las personas que han tenido a su cargo ese atentado contra la superficie.

zZará intenta superar el estatus hedonista del arte por medio del hallazgo de nuevos lugares de acción. Para él la obra ha de funcionar como un locus hermenéutico, de sobrada densidad política, como una herramienta para disentir en lugar de aceptar. El arte debe modular nuevas cartografías de lo social, parece advertir el artista. Debe ejercer su legítimo poder de injerencia en la trama de las relaciones de poder e intentar desautorizar la posición hegemónica de ciertos discursos y de ciertas voces.

Sin embargo, existe una clara diferencia entre representar lo político en el arte y actuar de un modo político desde el arte. Son cosas muy distintas que reclaman para sí análisis y herramientas de comprensión muy otras. Repaso a aquí la polémica definición de arte político que ofrece una de las artistas cubanas más controvertidas (y comprometidas) ahora mismo: Tania Bruguera.

Mientras la política es la acción de cambiar las cosas en sociedad, en el arte hay muchos artistas que trabajan con imágenes de los medios de difusión y de la política, pero a quienes no interesan las consecuencias de su obra. El arte político es el que trabaja sobre las consecuencias de su existencia, de sus interacciones, y no permanece en el nivel de asociación o memoria gráfica. Es intervenir en el proceso que se crea después que las personas piensan que la experiencia artística ha terminado. El arte político es el que más trasciende la esfera del arte al entrar en la naturaleza diaria de las personas: un arte que les hace pensar (…) El arte puede usarse también con fines políticos, pero eso no es arte político: es arte-propaganda. El arte político tiene dudas, no certezas; tiene intenciones, no programas; comparte con aquellos que lo encuentran, no se les impone; se define mientras se hace; es una experiencia, no una imagen; es algo que entra en la esfera de las emociones y que es más complejo que una unidad de pensamiento. El arte político es el que se hace cuando está pasado de moda y cuando es incómodo, jurídicamente incómodo, cívicamente incómodo, humanamente incómodo. Nos afecta. El arte político es conocimiento incómodo.

Esta definición puede que contradiga la esencia misma del trabajo de zZará, al menos la de su intención primera. Es cierto que toda esta obra suya fluctúa en el orden de la asociación y en el de la memoria gráfica. Sin embargo, la acción performática recupera ese otro frente de la participación y de la implicación del sujeto social y político. Es por tanto una propuesta que gestiona el cuestionamiento y la interrogación desde la primera persona. El resultado es el testimonio de una acción política en la medida en que cada sujeto manifiesta su desavenencia con el sistema imperante y con el modelo reglamentario de coacción y de control. Ello le atribuye un valor como gesto cultural más allá del artefacto. Lo que conduce a pensar en su estimación como pintura política siendo, paradójicamente, la consagración del lenguaje abstracto. Un tipo de arte que, por mucho tiempo, se consideró estéril, arte degenerado, exento de capacidad discursiva.

La apropiación, uso y expansión de la abstracción en tanto que lenguaje codificado ya por una tradición de saberes y de sentidos, es, entonces, otra manera de señalizar las dimensiones de la protesta una vez que juega en el centro mismo de la ambigüedad y de la contradicción de un lenguaje al que se le atribuye el silencio frente a la posibilidad del habla, de la evasión frente al compromiso. Es esa, precisamente, otra de las sutilezas de la operatoria de zZará. No perder de vista que estamos ante un sociólogo de formación con varios estudios en el campo de las Ciencias Sociales. Algo que, en otros casos no pero sí en el suyo, agudiza las perspectivas de la mirada y del diálogo con el arte en el lugar de la primera persona. Sus consideraciones sobre la pintura, la política y la cultura como estratificado sistema de saberes que debe producir siempre nuevos horizontes axiológicos, resulta del todo convincente. Habrá que esperar el paso del tiempo y ese raro sosiego que regalan los años para volver sobre este tipo de obra y ensayar una re-lectura que pruebe o contradiga todo lo que aquí he manifestado. Seguramente me contradiga, seguramente me niegue una y mil veces. Puede incluso que no atienda a los argumentos esgrimidos e intente buscar otros que satisfagan mi nueva necesidad de articular una escritura alrededor de este episodio. Pero lo que no negaré, creo, en el valor y el sentido que cobra este relato de obras que hablan, que protestan, que gritan…

Andrés Isaac Santana.

Crítico, ensayista y curador

ArtNexus, Arte al Límite, El Nuevo Herald.

zZARÁ CIBERESPACIO vs TEMBLOR SOCIAL

La obra de zZARÁ reflexiona sobre el ser humano y sus modos de relación con el entorno. Tras diversos tanteos formales, es a partir de 2007 cuando consolida una línea de investigación donde la materia asume el registro de sus reflexiones en torno a la comunicación. Los resultados se concretarán en unos trabajos a través de los cuales el artista establece vínculos entre los signos arcaicos y los digitales. De manera paralela, también desarrollará una investigación sobre los límites del soporte pictórico que le llevará a desbordar su bidimensionalidad a través de estrategias procedentes de las vanguardias heroicas, tales como el collage y el ensamblaje.

Su interés por configurar la imagen a partir de elementos heteróclitos y cotidianos, encontrados y replanteados, es una manera de estructurar la comprensión de lo real a partir de lo caótico. En cierto sentido, el trabajo de zZARÁ edifica desde la investigación de los materiales una memoria que recupera pedazos de acontecimientos acallados y testimonios enterrados por el paso del tiempo que, en su redimensión poética, abrazan siempre nuevos significados.

Durante los años 2007 y 2008, el artista trabajará especialmente en torno a la identidad del signo arcaico en las culturas ancestrales (minoica, fenicia, hebrea…) como parte de una reflexión sobre el fracaso del lenguaje como metáfora totalizante. También la idea del signo como registro de ausencias y pérdidas está presente en sus siguientes trabajos, desarrollados durante 2009 y 2010, si bien el núcleo iconográfico será el lenguaje de los SMS –sintético, preciso y erróneo ortográficamente– convertido a su vez en lenguaje de las redes sociales en Internet. Las nuevas tecnologías de la comunicación y la información son para el artista un cuerpo extendido y amplificado del sujeto y que desarrolla el llamado ambiente tecnológico que definiera McLuhan: si ciertamente “el medio es el mensaje”, es la tecnología la que actualmente está desarrollando un cambio trascendental en lo social.

De la herida a la construcción. La obra actual de zZARÁ

El siguiente capítulo dentro de la producción de zZARÁ desliza la temática de la comunicación a un segundo plano para hacer hincapié en la situación social y económica actual. De nuevo, la materia es la encargada de modular pensamiento crítico con su entorno. Así, las roturas, las grietas y las deformaciones tienen un sentido que va más allá de una fórmula que busque una expresividad puramente formal. Su iconografía remite a la idea de la herida y, en un sentido más contextual, a las conmociones de la situación económica actual que han ido acompañadas por una progresiva irrupción de la miseria en el espacio público y el miedo a ser parte de lo que, en otros tiempos, era periferia marginal; como ha señalado el comisario de exposiciones Teixeira Coelho, “la cultura en la que vivimos hoy es, mayoritariamente, la cultura del miedo. Y una cultura del miedo es una cultura violenta”. Desde un punto de partida próximo, el artista plantea a través de sus trabajos reflejos pero también alternativas a esta situación.

Sus series Break up y Perforations incorporan roturas que parecen surgir de las propias entrañas del soporte y que buscan reconfigurarse de manera desesperada. Desde un punto de vista formal, estas obras asumen diversas experiencias: de luz, de sombra, de grito, incluso una experiencia temporal, como proceso de una expansión detenida. Al mismo tiempo, lo que en series anteriores se convertía en un signo legible, se convierte ahora en un registro que no alude al lenguaje, sino a una voz que se expresa desde la agresividad del gesto y de la acción contundente.

A partir de esta reflexión, la obra actual de zZARÁ también propone una contra-imagen: el deseo de cambiar el presente y la búsqueda de nuevas lugares de acción son las herramientas que pueden forjar un futuro mejor. Sus series Bumps y Bulges aluden, a través de abolladuras, gibas y bultos, a una superficie en transformación que parece ir modulando lentamente una nueva cartografía para lo social. De nuevo, el artista anula la bidimensionalidad del soporte para articular un espacio pluridimensional, transitivo y dotado de aspecto escultórico. En esta serie, el artista cambia de estrategia: la solución no viene a través de la destrucción, el grito o el desgarro, sino desde la modulación consciente del soporte, metáfora que alude a la necesidad de generar otra orografía para el territorio de lo social.

Este último aspecto se acentúa con rotundidad en la serie “Multiposs”, donde el artista ensambla diversos soportes metálicos independientes para generar una continuidad irregular. De este modo, zZARA inhabilita la neutralidad minimalista de lo geométrico y plantea unas obras que enlazan con la poética del juego infantil y con los objetos de Dadá. Estas obras híbridas, a medio camino entre la pintura, la escultura y la maqueta arquitectónica, buscan un espectador activo y dialogante, capaz de romper con el fetichismo de la obra de arte y modularlo a su antojo.

En este sentido, y dentro del discurso social que hemos venido elaborando, zZARÁ plantea en esta nueva serie la posibilidad de construir un nuevo paradigma para el hombre basado en la toma meditada de decisiones. Sus “Multiposs” generan ámbitos abiertos en distintas direcciones y nunca vienen determinados por una simetría axial; en este sentido, parecen aludir a la especialidad contemporánea, que se abre –física y virtualmente– en todas direcciones de manera discontinua, ajerarquizada y excéntrica. Asumir esta complejidad y empezar a pensar cómo involucrarnos en ella de manera productiva parece ser la operatoria que nos ofrecen los últimos trabajos de zZARÁ. Estas obras no buscan plantear soluciones pero sí abrir interrogantes acerca de qué mundo queremos y cómo deseamos construirlo, gestionarlo y habitarlo.
Carlos Delgado, Historiador y crítico de arte

De la herida a la construcción. La obra reciente de zZARÁ

En la obra de zZARÁ, la materia es la encargada de modular pensamiento crítico con su entorno. Así, las roturas, las grietas y las deformaciones tienen un sentido que va más allá de una fórmula que busque la expresividad. Su iconografía remite a la idea de la herida y, en un sentido más contextual, a las conmociones de la situación económica actual que han ido acompañadas por una progresiva irrupción de la miseria en el espacio público y el miedo a ser parte de lo que, en otros tiempos, era periferia marginal; como ha señalado el comisario de exposiciones Teixeira Coelho, “la cultura en la que vivimos hoy es, mayoritariamente, la cultura del miedo. Y una cultura del miedo es una cultura violenta”. Así, sus series Break up y Perforations incorporan roturas que parecen surgir de las propias entrañas del soporte y que buscan reconfigurarse de manera desesperada. Desde un punto de vista formal, estas obras asumen diversas experiencias: de luz, de sombra, de grito, incluso una experiencia temporal, como proceso de una expansión detenida.

A partir de esta reflexión, la obra actual de zZARÁ también propone una contra-imagen: el deseo de cambiar el presente y la búsqueda de nuevas lugares de acción son las herramientas que pueden forjar un futuro mejor. Sus series Bumps y Bulges aluden, a través de abolladuras, gibas y bultos, a una superficie en transformación que parece ir modulando lentamente una nueva cartografía para lo social. De nuevo, el artista anula la bidimensionalidad del soporte para articular un espacio pluridimensional, transitivo y dotado de aspecto escultórico.

Este último aspecto se acentúa con rotundidad en la serie “Multiposs”, donde el artista ensambla diversos soportes metálicos independientes para generar una continuidad irregular. De este modo, zZARA inhabilita la neutralidad minimalista de lo geométrico y plantea unas obras que enlazan con la poética del juego infantil y con los objetos de Dadá, con Hans Arp a la cabeza. Estas obras híbridas, a medio camino entre la pintura, la escultura y la maqueta arquitectónica, buscan un espectador activo y dialogante, capaz de romper con el fetichismo de la obra de arte y modularlo a su antojo. En este sentido, y dentro del discurso social que hemos venido elaborando, zZARÁ plantea un nuevo paradigma para el hombre basado en la propia construcción de sus decisiones.

Carlos Delgado, Historiador y crítico de arte

SIGNOS ARCAICOS, TELÉFONOS MOVILES Y SMS

El artista suizo zZARÁ, residente en España, presenta en la Galería FIArt (FUNDACIÓN FONDO INTERNACIONAL DE LAS ARTES) en la calle Almirante nº1 una selección de su trabajo realizado durante los últimos dos años.

La obra de zZARÁ surge del diálogo entre materiales e iconografías diversas. Desde 2007 su obra se ha ido modulando por un progresivo protagonismo de la materialidad del signo gráfico de las culturas ancestrales; a partir de este núcleo temático, el artista invita al espectador a replantear los diversos estratos simbólicos del signo a lo largo de los tiempos y a reflexionar sobre el fracaso del lenguaje como metáfora totalizante.

En su obra más reciente, realizada a partir de 2009, zZARÁ continúa su investigación sobre los modos de comunicación. Sin embargo, frente a la presencia recurrente de los signos arcaicos, el artista centra ahora su atención en los teléfonos móviles, en los SMS y en el nuevo tipo de lenguaje (críptico, con errores ortográficos, ausencia de puntuación, vocabulario simple, etc.) que caracteriza la comunicación actual entre jóvenes. De este modo, el artista plantea un inesperado juego de paralelismos entre dos tiempos históricos y los asume como herramienta plástica para su proyecto artístico y sociológico.

Carlos Delgado, Crítico de Arte y Comisario independiente

zZARÁ Signos arcaicos, voces futuras

Una de las ideas de las muchas que caracterizaron el panorama artístico del siglo XX fue la tendencia constante a cuestionar la prolongada tradición de la pintura como medio de representación y exploración plástica privilegiado. A principios de siglo, la decisión de Braque y Picasso de incorporar materiales cotidianos en sus pinturas expresaba de manera singular su lucha por ampliar el contenido de la pintura más allá de la tela. En este mismo contexto de experimentación Marcel Duchamp desplazará gran parte de sus intereses del objeto a la idea, lo que posibilitará nuevos métodos para una creación artística redefinida, al tiempo que pondrá en marcha un nuevo modelo de pensamiento conceptual ligado al fenómeno artístico y que irá creciendo hasta los años setenta del pasado siglo.

Pero en la génesis de la modernidad los artistas vinculados con el proceso de renovación vanguardista no sólo miraron hacia adelante, en busca de un futuro donde los límites de los medios canónicos se reubicaran en un campo expandido, lábil y flexible. Para las primeras vanguardias fue también fundamental la mirada al pasado, pero hacia aquella otra historia hasta entonces mal revisada y alejada del devenir de los hitos canónicos de belleza y progreso. Cuando Picasso visite el Museo Etnográfico de Trocadero o los miembros del grupo Die Brücke acudan al de Dresde tendrán acceso a las formas de la producción artística de África y Oceanía, y de la sensibilidad de esta contemplación surgirá un modelo plástico activado por otras luces.

La obra plástica de zZARÁ se inscribe en esta tradición modernista que gravita entre los límites del soporte, la invención constante de nuevas tensiones visuales y el acento en el concepto. Por otro lado, su obra reciente se ha visto modulada por un progresivo protagonismo de la otredad arcaica; pero si los artistas de principios de siglo bucearon en los cauces de la estética llamada “primitiva”, no occidental, la de los rasgos expresivos y antinaturales del la estatuaria africana y oceánica, zZARÁ orienta hoy su investigación hacia la materialidad del signo gráfico de las culturas ancestrales (minoica, fenicia, hebrea…); a través de esta meditada opción el artista nos invita a repensar los diversos estratos semánticos que el signo puede llegar a generar en la obra plástica y a reflexionar sobre el fracaso del lenguaje como metáfora totalizante.

La identidad del signo

Paul de Man afirmaba que “la semántica de la interpretación no tiene consistencia epistemológica y no puede por tanto ser científica” ; desde esta perspectiva, la lectura sería un acto de entendimiento que nunca puede ser verificado, mientras que la interpretación se diluye definitivamente cuando el signo ha dejado de ser repetible y reconocible tras su inscripción.

El hecho de que zZARÁ opte por la incorporación de signos gráficos arcaicos acentúa la desconexión con el propósito de unidad significacional con el que fueron creados. Al incorporarlos en un contexto distinto – el soporte plástico – sobredimensionar su grafía y alterar su orientación, zZARÁ está proponiendo nuevas orientaciones para su uso y lectura. De este modo, el signo en la obra de nuestro artista no remite nunca a sí mismo más que como juego de ausencias que sirve para hablar del lenguaje mismo, del tiempo y de la memoria. Pasado traído hasta el presente o estrato último de un palimpsesto cuya lectura no importa tanto como todo lo aquello que puede llegar a evocar.

Tres vías de acción

Para la elaboración plástica de la idea que venimos describiendo, zZARÁ ha dividido la serie “Signos arcaicos” en tres subgrupos íntimamente relacionados entre sí. En todos ellos la pluralidad del lenguaje del pasado actúa como metáfora de la diversidad contemporánea, pues la heterogeneidad de entonces se revela como el origen de un ahora donde palabras y sonidos distintos conviven en un mismo espacio globalizado.

La primera familia de las tres que componen la serie presenta una sorpresa: el soporte metálico se encuentre flanqueado en la trasera de sus cuatro esquinas por patas de mesa, montaje que otorga al cuadro un potente carácter objetual que desborda la bidimensionalidad de la obra plástica. Dentro de la producción de zZARÁ realizada durante los últimos años se ha ido reforzando esta idea de montaje visual y que ahora culmina en estas “mesas de pared” animadas por los signos inscritos en su superficie. Esta opción, que en buena medida entronca con los objetos de Dadá, y sobre todo con el surrealismo, es utilizada por el artista para explicitar la multiplicidad de voces y discursos que pueden congregarse en torno a ese espacio de diálogo y convivencia que es una mesa. Pero al colgarla sobre la pared, al disponer su estructura en un lugar que ya no puede ser flanqueado por sujetos dialogantes, la obra queda como el registro de un tiempo donde el lenguaje atravesó su superficie.

Estos signos, ya lo hemos dicho, plantean significados abiertos y flexibles, dinámicos y vibrantes. La conciencia de este hecho es la que lleva al artista ha concretar formalmente este fenómeno en la segunda familia de la serie. Nos referimos a aquellas creaciones donde el metal y el lienzo aparecen deformados, generando entrantes y salientes que vuelven a cuestionar la bidimensionalidad del soporte pictórico para introducir un espacio de gran expresividad multiplicado ahora por el juego de las luces y las sombras sobre el soporte.

La solidez de las líneas proyectadas en el espacio de este conjunto reintegra su planitud en el último subgrupo de los tres que constituyen la serie “Signos arcaicos”. Los gestos extremos del soporte y los acentos objetuales se tensan ahora en unos paneles colgantes donde el lienzo, la madera y metal dialogan con rigor y sensibilidad en una pintura plana. La reflexión de zZARÁ sobre el objeto y el signo es llevada a otras consecuencias, más depuradas y desnudas si se quiere, y de cierto empaque clásico y solemne.

La obra reciente de zZARÁ nos muestra cómo el artista vierte en formas nuevas su temperamento pictórico de siempre. Ensambla materiales, recorta signos, otorga un carácter telúrico e ideológico al color, y genera una composición de gran intensidad poética. Respecto a sus trabajos anteriores ha desaparecido la grieta como elemento conceptual y el objeto encontrado como estrategia constructiva. Los signos amplían su espacio de acción y se convierten en el hito fundamental de una obra donde lo arcaico se convierte en el vano por donde se introduce, como en sordina, la voz del artista hacia el futuro.

La producción reciente de zZARÁ se ordena bajo coordenadas plásticas que acogen una plasticidad vibrante (determinados colores vivos, como el rojo o el naranja, los brillos del metal o los pliegues volumétricos del soporte), y que convive con una notable depuración técnica que genera juegos de luces, sugerentes ritmos visuales, empastes matéricos y pinceladas de densidad variable. De este cruce de temperaturas nace la intensidad plástica de la serie “Signos arcaicos”, un trabajo sorprendente por todo lo que revela y, también, por todo lo que apunta y atesora como posibilidad.

CARLOS DELGADO, Crítico de Arte y Comisario Independiente

zZARÁ Un pulso abierto con la materia

Osado en el uso de recursos formales y situado al margen de los convencionalismos, zZARÁ ha desarrollado su trayectoria plástica desde coordenadas personales que se manifiestan en conceptos recurrentes, presentes desde sus trabajos de finales de los años sesenta hasta sus obras más recientes. Sin embargo, junto a esta prolongación constante de indagaciones anteriores, el artista ha buscado siempre la exploración constante de nuevas posibilidades visuales.

De hecho, en la obra de zZARÁ el surgimiento de una opción plástica puede provocar la eclosión de otra antitética, lo que complica el juego de relaciones aún dentro de una misma serie. En otras palabras, el proceso creativo llevado a cabo por el artista en las últimas décadas es demasiado complejo como para resumirlo bajo un sola etiqueta de estilo, y más aún cuando los diversos campos de interés del creador (tan lejos y tan cerca entre sí como la arqueología, las ciencias naturales o la sociología) realizan la función de eje transversales en una urdimbre que no se definirá desde una sola pauta formal.

Tras la poética del objet trouvé

El descubrimiento del collage y el ensamblaje por parte de las vanguardias históricas supuso una ruptura con el ilusionismo al tiempo que afirmó una poderosa modalidad constructiva – y también destructiva – para el arte nuevo. Los residuos, los objetos encontrados y los restos de acontecimientos, supondrán un desplazamiento en la atención del artista desde la representación de los objetos haca los objetos en sí. La obra plástica de zZARÁ profundiza en esta herencia, pero sin someterse a ninguna dirección previamente establecida. Nuestro artista recupera de estos procedimientos técnicos la libertad de actuación que ofrecen, pero introduce nuevos pensamientos sociales, culturales e históricos ligados íntimamente a su figura y a su tiempo histórico.

De este modo, el artista puede mantener la lectura inherente a un determinado objeto (por ejemplo, una prenda de vestir que evoca una presencia humana) o bien someterlo a un proceso de reelaboración donde éste se libera definitivamente de su función y activa significados latentes. En ambos casos, zZARÁ recurre al objeto encontrado con intensiones claramente asociativas, y como una manera de glosar ideas y pensamientos a través de impactante metáforas visuales. Aceptando los límites del soporte tradicional – tabla y lienzo, pero no exclusivamente – y rompiendo al mismo tiempo sus límites, zZARÁ transita por aquellos territorios que bordean lo estrictamente pictórico para construir imágenes que recogen simultáneamente varias líneas de actuación. De hecho, zZARÁ prefiere denominarse a sí mismo “artista visual” antes que pintor, consciente de que su trabajo se mueve a través de aproximaciones que anulan el carácter plano de la pintura para articular un espacio abierto, pluridimensional y dotado de carácter escultórico. Un rasgo, este último, que vendrá determinado no sólo por la incorporación de objetos, sino también por el uso de una materialidad densa y exultante

Materia, grieta y signo

Tierras, barnices, polvo de mármol, ceras, pigmentos, esmaltes… forman parte de la secreta alquimia que elabora zZARÁ para desarrollar una piel que activa la presencia corporal del cuadro. Se trata, sin duda, de una estrategia formal que otorga a su obra la necesidad de ser tocada para captar los múltiples matices que acoge y que una mirada, aún la más atenta, no es capaz de percibir en todas sus dimensiones. De hecho, ninguna obra de zZARÁ se consume de una ojeada; todas necesitan una presencia activa por parte del observador, quien será capaz de dilucidar las múltiples aristas de su capacidad expresiva al entrar en un contacto físico.

Pero además, dotadas de una llamativa hondura y emoción, las creaciones visuales de zZARÁ actúan como un imán que requiere también una aproximación intelectual que sea capaz de desentrañar los virtuales significados que laten en la propia materia. Las referencias críticas en ocasiones por los evocadores títulos, pero más allá de la posibilidad de un significado único lo verdaderamente sugestivo es la capacidad del artista para expresar con una sintaxis fragmentada los pensamientos de suyo más íntimo. Y en medio de esta confrontación entre un continente heterogéneo y un contenido que nunca es taxativo, surge la grieta y el signo sobre la fisicidad de la materia. La grieta, como huella de un lento desgaste, incorpora la iconografía del tiempo a la obra visual de zZARÁ, mientras que el signo desvela la recuperación de sistemas de comunicación desaparecidos. Encarnación de un pensamiento poético, ambos recursos vienen a poner el acento en la variedad de facetas expresivas empleadas por el artista, a la vez que actúan como hitos en el itinerario de nuestra mirada.

Forma y color

La compleja reflexión intelectual, los maridajes simbólicos y la exaltación matérica que venimos describiendo nos advierten de que en la obra del artista no se encuentran creaciones destiladas y frías. Aún en sus tentativas próximas a una estética minimal o en sus frecuentes estructuras reticulares, la obra visual de zZARÁ resiste la austeridad geométrica y trasgrede la rigidez con muy diversos recursos. De hecho, la flexibilidad de sus líneas interconectadas nos remite a un organismo vivo, en concreto, al pálpito constante de venas y arterias.

Pero aún no hemos centrado nuestro análisis en un aspecto formal de gran importancia para la resolución expresiva del creador: el color. Este actúa como nexo entre las formas abstractas y los objetos pegados, pero además, adquiere una significación propia, un ritmo autónomo que se desvela bajo las resonancias telúricas de los marrones y ocres, la exultante vivacidad del rojo, o un negro que edifica presencias dramáticas. Estos contrastes tonales, tan íntimamente ligados a la tradición española que el artista, de origen suizo, ha sumido intuitivamente y estudiado con atención, se enriquecen entre sí y plantean múltiples opciones de combinatorio. El arte de zZARÁ se revela siempre como una posibilidad interminable.

Carlos Delgado, Historiador y crítico de arte

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